Archivo mensual: noviembre 2012

Poemas del pene y de la vagina…

POEMA DEL PENE

El pene es carne mas no pellejo, y si lo tocas se pone tieso.
El pene es rico y nutritivo, él tiene leche pero no trigo.
Las chicas gritan por su tamaño, pero lo quieren hasta en el baño.

La gente dice que es muy malcriado, porque lo miran siempre parado.
Hay penes gordos también delgados, los hay muy fuertes, también aguados.
El pene es fuerza, el pene es vida, todo depende de la medida.

El pene es tierno y amoroso, si abren las piernas es encajoso.
Hay penes cultos e ignorantes, los hay adultos, también infantes.
Pero no importa su educación, porque se para sin distinción.

Mujeres cultas y muy prudentes, hasta se lavan con el los dientes.
El es ternura y compasión, pero dispara como un cañón.
No tiene ojos ni tiene dientes, pero se para pa’que te sientes.

 

POEMA DE LA VAGINA 

Aunque su aspecto no es el mejor, a los machos les gusta un buen montón.
Algunas parecen tener flojera, por tener siempre la lengua afuera.

Las hay delgadas, también gorditas, con labios gruesos, lengua chiquita.
Unas son secas, otras aguadas, todo depende de la dedeada.

Las hay con pelos, afeitaditas, con cortes pum o con gamusita.
Unas a dietas y otras tragonas, a esas las llaman sinvergüenzonas.

Las hay muy fieles, también brinconas, que no hay un pene que no se coman.
Igual son ricas y dan pasión, a quien no guste es un maricón.

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A pesar de los errores

Era una mañana como cualquier otra. Yo, como siempre, estaba de mal humor. Te regañé porque estabas tardando demasiado en desayunar, te grité porque no parabas de jugar con los cubiertos y te reprendí porque masticabas con la boca abierta. Comenzaste a refunfuñar y entonces derramaste la leche sobre tu ropa. Furioso te levanté por los cabellos y te empujé violentamente para que fueras a cambiarte de inmediato.

Camino a la escuela no hablaste. Sentado en el asiento del auto llevabas la mirada perdida. Te despediste de mí tímidamente y yo sólo te advertí que no te portaras mal.

Por la tarde, cuando regresé a casa después de un día de mucho trabajo, te encontré jugando en el jardín. Llevabas puestos unos pantalones nuevos y estabas sucio y mojado. Frente a tus amiguitos te dije que debías cuidar la ropa y los zapatos, porque parecía no interesarte mucho el sacrificio de tus padres para vestirte. Te hice entrar en la casa para que te cambiaras de ropa y mientras marchabas delante de mí te indiqué que caminaras erguido.

Más tarde continuaste haciendo ruido y corriendo por toda la casa. A la hora de cenar arrojé la servilleta sobre la mesa y me puse de pie furioso porque no parabas de jugar. Con un golpe sobre la mesa grité que no soportaba más ese escándalo y subí a mi cuarto.

Al poco rato mi ira comenzó a apagarse. Me di cuenta de que había exagerado un poco y tuve el deseo de bajar para hacerte una caricia, pero no pude. ¿Cómo podía un padre, después de hacer tal escena, mostrarse cariñoso y arrepentido?

Luego escuché unos golpecitos en la puerta. “Adelante” dije adivinando que eras tú. Abriste muy despacio y te detuviste indeciso en el umbral de la habitación. Te miré con seriedad y pregunté: ¿Te vas a dormir? ¿Vienes a despedirte? No contestaste. Caminaste lentamente con tus pequeños pasitos y sin que me lo esperara, aceleraste tu andar para echarte en mis brazos cariñosamente. Te abracé y con un nudo en la garganta percibí la ligereza de tu delgado cuerpecito. Tus manitas rodearon fuertemente mi cuello y me diste un beso suavemente en la mejilla. Sentí que mi alma se quebrantaba. “Hasta mañana, papito” me dijiste.

¿Qué es lo que estaba haciendo? ¿Por qué me desesperaba tan fácilmente? Me había acostumbrado a tratarte como si fueras una persona adulta, a exigirte como si fueras igual a mí y ciertamente no eras igual. Tú tenías unas cualidades de las que yo carecía: eras legítimo, puro, bueno y sobre todo, sabías demostrar amor.

¿Por qué a mi me costaba tanto trabajo? ¿Por qué tenía el hábito de estar siempre enojado?, ¿Qué es lo que me estaba ocurriendo? Yo también había sido niño ¿Cuándo fue que comencé a contaminarme?

Después de un rato entré en tu habitación y encendí una lámpara con cuidado, tú dormías profundamente. Tu hermoso rostro estaba ruborizado, tu boca entreabierta, tu frente húmeda, tu aspecto indefenso como el de un bebé. Me incliné para rozar con mis labios tu mejilla, respiré tu aroma limpio y dulce. No pude contener el sollozo y cerré los ojos. Una de mis lágrimas cayó en tu piel, pero tú seguiste durmiendo. Me puse de rodillas y te pedí perdón en silencio. Te cubrí cuidadosamente y salí de la habitación.

“Si Dios me escucha y te permite vivir muchos años, algún día sabrás que los padres no somos perfectos, pero sobre todo, espero que te des cuenta de que, pese a todos mis errores, te amo más que a mi vida”

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